Vivimos acelerados, llenos de
preocupaciones, contra reloj, a merced del calendario y la agenda de
actividades diarias, semanales y mensuales. Es tanto el agotamiento y el estrés
del obrero, la dueña de casa, el profesional y el ciudadano común, que al
llegar la hora del descanso no puede hacerlo, pues su sistema nervioso alterado
no se lo permite. Por otro lado, si descansa, si duerme siesta o si quiere
dejar sus obligaciones por unos días, se siente culpable como si estuviese
haciendo algo malo, como si cometiera un pecado y fuese un haragán o perezoso
que está ofendiendo a Dios. Descansar se ha transformado en algo negativo para
una sociedad activista y consumista, donde quien no produce la mayor cantidad
de resultados y tiene un bajo rendimiento es juzgado, mal catalogado y
finalmente desechado o despedido.
Cuenta el libro de Génesis que,
luego de crear los cielos y la tierra, Dios reposó de toda la obra que hizo (Génesis 2:1-3). Su trabajo durante seis
larguísimos días fue enorme. Durante la primera jornada creó el día y la noche.
Al segundo día creó el cielo. En el tercer día hizo la tierra, los mares y toda
la vegetación de la tierra. Al cuarto día hizo el sol, la luna e hizo aparecer
las estrellas como lumbreras en los cielos. Al quinto día creó los animales acuáticos y las aves. Y al sexto
pobló la tierra de animales terrestres, coronando su obra con la creación de la
pareja humana. ¡Qué tremenda y bella actividad desplegó el Creador en esos seis
períodos!
Después de tanto trabajo Dios
reposó. Asimismo desea Dios que descansemos de nuestras obras, pues Él ya hizo su
obra redentora por nosotros. Él nos salvó, nos justificó y nos santificó en
Cristo. Ahora sencillamente tenemos que creer y vivir las obras que preparó de
antemano para que anduviésemos en ellas (Efesios
2:10).

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