viernes, 23 de enero de 2015

EL REPOSO DIVINO.


 
Vivimos acelerados, llenos de preocupaciones, contra reloj, a merced del calendario y la agenda de actividades diarias, semanales y mensuales. Es tanto el agotamiento y el estrés del obrero, la dueña de casa, el profesional y el ciudadano común, que al llegar la hora del descanso no puede hacerlo, pues su sistema nervioso alterado no se lo permite. Por otro lado, si descansa, si duerme siesta o si quiere dejar sus obligaciones por unos días, se siente culpable como si estuviese haciendo algo malo, como si cometiera un pecado y fuese un haragán o perezoso que está ofendiendo a Dios. Descansar se ha transformado en algo negativo para una sociedad activista y consumista, donde quien no produce la mayor cantidad de resultados y tiene un bajo rendimiento es juzgado, mal catalogado y finalmente desechado o despedido.
Cuenta el libro de Génesis que, luego de crear los cielos y la tierra, Dios reposó de toda la obra que hizo (Génesis 2:1-3). Su trabajo durante seis larguísimos días fue enorme. Durante la primera jornada creó el día y la noche. Al segundo día creó el cielo. En el tercer día hizo la tierra, los mares y toda la vegetación de la tierra. Al cuarto día hizo el sol, la luna e hizo aparecer las estrellas como lumbreras en los cielos. Al quinto día creó los animales acuáticos y las aves. Y al sexto pobló la tierra de animales terrestres, coronando su obra con la creación de la pareja humana. ¡Qué tremenda y bella actividad desplegó el Creador en esos seis períodos!

Después de tanto trabajo Dios reposó. Asimismo desea Dios que descansemos de nuestras obras, pues Él ya hizo su obra redentora por nosotros. Él nos salvó, nos justificó y nos santificó en Cristo. Ahora sencillamente tenemos que creer y vivir las obras que preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Efesios 2:10).

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