sábado, 11 de abril de 2015

PARA ENCONTRAR LA SALVACIÓN.


 
Todos somos diferentes y tenemos necesidades distintas. Dios, conociendo esta realidad humana, llama a cada uno de acuerdo a esas diferencias, por caminos particulares. Una vez en el camino de Cristo, recibimos las explicaciones de la doctrina.
Ese llamado es lo que se denomina “salvación”. El alma se siente triste por razones personales o por el caos social, o sedienta de algo más profundo y real, hambrienta de respuestas o cariño verdadero, a veces decepcionada, atribulada, vacía, etc. Cada persona vive su propia soledad y necesidad espiritual, no comparable con otros. Hasta que Dios sale a su encuentro y lo salva de su condición.
Así, por los caminos polvorientos de Israel, Jesús se encontraba con el leproso despreciado por esa sociedad y lo limpiaba de su enfermedad, le devolvía su dignidad de ser humano y lo liberaba de todos sus traumas. O se detenía en un pozo a conversar con una pobre mujer de Samaria, le dedicaba tiempo para escucharla, no la condenaba por su religión ni por las decisiones que había tomado en su vida y la ayudaba a encontrar su equilibrio espiritual. O recibía por la noche a un maestro de la ley para responder sus preguntas y aceptaba atenderlo a escondidas para salvarlo de sus compañeros fariseos. Una y otra vez la ruta de Jesús es de perdón, comprensión, contención, ayuda, en fin amor. Eso es “salvar las almas”.
Salvarse va más allá de recitar una fórmula, cumplir un rito o cambiar en algo. Es tan simple como creer en Jesús y seguirlo. De lo demás se encargará Él.
si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. / Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” (Romanos 10:9,10)

miércoles, 8 de abril de 2015

EL LLAMADO.


 
Todos los seres humanos somos diferentes, tenemos distintas procedencias familiares, hemos sido influenciados por el entorno cultural y social, hemos recibido educaciones diferentes y hemos vivido experiencias particulares. Esto sin contar los aspectos genéticos y hereditarios. Por lo tanto frente a la vida nos situamos con propósitos, sueños, deseos, pasiones, en fin esperanzas diversas. No podemos meter a todos en un mismo compartimento ni pensar que todos persiguen y esperan lo mismo de la vida. Habrá algunos cuyo mayor sueño será formar un hogar, criar hijos y rodearse de nietos; otros soñarán con ejercer aquella profesión que consideran la más bella; otros buscarán la fama o el dinero o sencillamente disfrutar la sensualidad de las cosas, bellos paisajes, bellas y entretenidas personas, bellos objetos...
De todo hay. Esto no debe sorprendernos, tampoco molestarnos, ni debe ser motivo de crítica al que tiene un propósito totalmente contrario al nuestro. ¿Se imagina un mundo en que todos piensen igual, sientan lo mismo y esperen lograr las mismas cosas? Indudablemente, aparte de ser un mundo aburrido, sería muy incompleto. Un buen circo no sólo tiene payasos, también trapecistas, magos y domadores de animales. Aunque el mundo no es un circo, es tan colorido y diverso como él.
La vida, así como está hecha, con esta gran diversidad de personajes, es el más bello y completo teatro. En el mundo cabe el científico y el artista, el político y el comerciante, el deportista y el obrero, el plomero y el escritor... También hay espacio para el ateo y el creyente, para el sacerdote, el rabino y el pastor, para el católico y el evangélico, el musulmán y el budista... Cuando pequeño cantaba esa canción que dice: “En el arca de Noé todos caben, todos caben. En el arca de Noé todos caben, yo también”.  En este mundo, como en aquella arca, hay espacio para todos, pero algunos viven como si el mundo fuera sólo para los que son como ellos y no aceptan al otro, que es distinto, no toleran a los que ellos consideran “raros”, “torpes” o “malos”. Los atacan verbalmente, los dejan fuera de la ley o los ignoran, los discriminan y los más violentos optan por matarlos.
Sin embargo todos, con sus características especiales, tienen necesidades, momentos de soledad, inquietudes espirituales, anhelos de amar y ser amados, deseos de ser acogidos, consolados, escuchados. Para todos, sin excepción, habló el Maestro: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. / Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; / porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (San Mateo 11:28-30)
 

domingo, 5 de abril de 2015

VOLVER A LA VIDA.

La idea de resucitar a más de alguno le podría parecer repugnante. Un cadáver de uno o más días saliendo de la tumba, atravesando titubeante el cementerio, para dirigirse al lugar que siempre perteneció, el hogar donde se encuentra su querida familia. Y la reacción de sus seres queridos al ver a este muerto viviente. Parece una película de terror. Después del impacto emocional, las interrogantes y esa mezcla de miedo con alegría porque un amado aún vive; la vida tendrá que continuar. Un buen baño, cambiar de ropas y al comedor a alimentarse. ¡A compartir con la familia y amigos, a celebrar la vida! Todo esto habrá vivido Lázaro, el amigo de Jesús, a quien éste resucitó en Betania. Qué de preguntas le harían después: ¿Qué sentías o viste al otro lado? ¿Estuviste con nuestros antepasados? ¿Es muy desesperante morir? ¿Y cómo supiste que estabas “resucitando”?

A pesar que todos los días mueren personas por distintas causas, enfermedad, vejez o accidente, nunca terminamos de acostumbrarnos a la muerte. Cada vez que alguien muere, sobre todo si es un familiar o un amigo, lloramos, lamentamos la pérdida. Y siempre recordamos a nuestros difuntos. Los extrañamos y muchas veces quisiéramos que volvieran a la vida. Nos consuela que también nosotros marchamos hacia allá, ese oscuro foso o túnel de lo desconocido. Si tenemos fe nos sostiene la esperanza de una vida sobrenatural; si somos incrédulos, no creemos en la inmortalidad del alma ni cosa parecida y  sólo nos consuela saber que cesará el sufrimiento. Pero también cesarán el placer y las alegrías de la vida.
Nos hemos conformado pensando que la muerte es parte de la vida, que todo nace, vive y muere; que la muerte es sólo una transformación. Pero, a pesar de todas las lógicas razones que desarrollemos, la muerte no es una invitada agradable. Sólo un poeta santo como Francisco de Asís pudo tratarla de “hermana muerte”. El ser humano no está hecho para la muerte sino para la vida, pues es un ser trascendente. Así nos hizo el que no muere, el Eterno. Por eso era necesario que Jesucristo, Dios mismo hecho humano, después de morir resucitara. En verdad Jesucristo tuvo victoria sobre uno de los más grandes enemigos del ser humano: la muerte. La resurrección de Jesucristo es un grito de victoria sobre la muerte que nos propinó el mal. Cuando el ser humano desobedece a Dios, comienza su degradación, la cadena pecado – enfermedad – dolor – muerte. Pero el Hijo de Dios ha roto definitivamente esa cadena y nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. / Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” (San Juan 11:25,26)
Tal vez usted o yo, pronto moriremos, pero si creemos en Jesús, el Salvador y Señor del universo, no moriremos eternamente sino que resucitaremos para eterna felicidad junto a Dios.

miércoles, 1 de abril de 2015

LA OBRA DE CRISTO EN LA CRUZ.


 
La muerte de cruz en tiempos del Imperio Romano, era un castigo cruel para el que delinquía. A veces el crucificado tardaba en morir días enteros. En el caso de Jesucristo, el maestro de Israel, su deceso fue relativamente rápido. Fue crucificado a las nueve de la mañana: “Era la hora tercera cuando le crucificaron.” (San Marcos 15:25) Murió a las tres de la tarde: “Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. / Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. / Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.” (San Lucas 23:44-46) Es decir estuvo colgado en la cruz por seis horas.
La Biblia dice que el seis es número de hombre. Pues bien, allí estuvo colgado, clavado de manos y pies, coronado de espinas, con el dolor de las yagas en todo su cuerpo por los azotes recibidos, bajo el quemante sol de esas tierras, el hombre Jesús, quien tomó sobre sí el castigo que nosotros merecíamos por nuestras desobediencias.
Hay quienes critican al Padre por haber permitido tanta crueldad sobre su Hijo Jesús. No se dan cuenta que ambos, junto al Espíritu Santo, son una sola unidad, Dios. Fue Dios mismo quien se hizo hombre y murió por nosotros. Lo hizo por propia determinación y amor por la Humanidad, para liberarnos definitivamente de todas nuestras esclavitudes: esclavitud de la culpa, esclavitud del pecado, esclavitud de la Ley, esclavitud de una religión de sacrificios.
El legado de la cruz es la completa libertad. Jesucristo anuló “el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.” (Colosenses 2:14)

domingo, 29 de marzo de 2015

EL ÚLTIMO SACRIFICIO.

 
“El suplicio de la crucifixión consistía en colgar o clavar al condenado a muerte en un poste que llevaba un travesaño destinado a los brazos. Parece que lo inventaron los persas. Los romanos lo adoptaron, pero lo consideraban tan humillante y vergonzoso que jamás se aplicaba a ciudadanos romanos. Se reservaba para los esclavos, los insurrectos y los prisioneros de guerra de otras naciones, así como para los animales dañinos.” Jesús fue acusado de insurrección, de acuerdo a la ley romana, instigado por las autoridades judías, que veían en él un peligro para su religión.
 
Los romanos usaron este suplicio “con frecuencia tratándose de judíos, con los cuales llegaron a hacer crucifixiones en masa. Era una forma horrible de muerte. El crucificado quedaba abandonado a la intemperie, desangrándose hasta morir y expuesto a los quemantes rayos del sol. A la tortura de la dolorosa posición se unía el tormento de las heridas y sobre todo de la sed, que se agravaba con la pérdida de sangre y el sofocante calor.”
 
Una de las siete palabras que pronunció Jesús en la cruz fue “Tengo sed”. Así lo relata el Evangelio: “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed. / Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. / Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.” (San Juan19:28-30)
Con estos hechos se cumplió lo profetizado por el rey David: “He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas. / Como un tiesto se secó mi vigor, Y mi lengua se pegó a mi paladar, Y me has puesto en el polvo de la muerte. / Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies. / Contar puedo todos mis huesos; Entre tanto, ellos me miran y me observan. / Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes.” (Salmos 22:14-18)
La muerte de Jesús fue el cumplimiento de muchas profecías del Antiguo Testamento. Dios hecho Hombre cumplió en sí mismo la condena que la Ley hacía recaer sobre los hombres. Todas las religiones de la Antigüedad, incluyendo las más primitivas, se basaban en un sistema de sacrificios humanos o de animales. El sacrificio es algo que está instalado en lo más profundo y primitivo de la mente del hombre. La crucifixión de Jesucristo fue el último y perfecto sacrificio. Ya no es necesario el derramamiento de sangre para ser aceptados por Dios. Jesucristo vino a poner término a esa forma cruel de relacionarnos con la divinidad, sacrificando su propia vida y estableciendo un Nuevo Pacto, basado en el amor y el perdón de Dios.

(Los textos explicativos sobre la crucifixión se han tomado del Glosario de la Biblia en versión popular “Dios Habla Hoy”)

viernes, 27 de marzo de 2015

RENOVACIÓN DEL PENSAMIENTO.


 
Cuando se es niño, los padres y adultos tienen todo ascendiente sobre nosotros. El niño ve con admiración y respeto a los grandes, aunque a veces con temor. Lo que el grande dice y piensa es lo correcto, hasta que cumple esa edad en que comienza a darse cuenta que se puede pensar diferente y que se es una persona distinta. Se percata de los errores y defectos del mundo adulto, y comienza a saborear la libertad de sentir, pensar y experimentar por sí mismo. Empieza a construirse una persona distinta de los demás. Lo más hermoso es que es única. No hay otro igual a ti ni a mí. Somos seres únicos e irrepetibles.
Desarrollamos un modo de ser, gustos personales, descubrimos cierta vocación, construimos pensamientos propios y los ponemos en práctica. Pero muchas veces chocamos con una realidad que es distinta a lo que pensamos y nos obstinamos en nuestros juicios, razonamientos, principios, “verdades”. Nos estructuramos llegando a ser personas un tanto rígidas frente a la vida que es rica, múltiple, diversa, flexible, cambiante en su fluir, dinámica, inasible...
Tal estado de cosas sólo trae sufrimiento. A veces hay crisis muy fuertes por causa de esta rigidez mental, esta incapacidad para adaptarse, transformarse, renovarse. El ser que no se replantea y renueva no podrá resistir los embates de la vida. El árbol que no se curva flexible ante el viento recio, se quebrará. Por eso el consejo divino dice: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2)
Necesitamos vivir en una permanente renovación. Es hora que los cristianos renueven su modo de pensar y comprender la realidad. Hay muchos juicios que se hacen de la vida y la sociedad que son superficiales. Las formas y lo externo no es lo más importante, sino el fondo. Comprender la doctrina de Jesús en profundidad, la cual no es un dogma, nos llevará a ser más tolerantes, pacientes y amorosos con todos los distintos tipos de personas que convivimos en la sociedad. Comprender el propósito final del mensaje del Maestro nos hará más sensibles y comprensivos con nuestros hermanos y prójimos. Renovaremos nuestro modo de pensar y sentir, y como consecuencia seremos transformados en verdaderos “cristianos”.

jueves, 26 de marzo de 2015

MÚSICA PARA CELEBRAR.


 
En la parábola del hijo pródigo, aquel hijo que pidió a su padre que le adelantara la herencia, se hace mención de un arte que nos acompaña en todo momento. El mal hijo se marchó lejos y gastó todo su dinero en mujeres y vicios, hasta llegar a trabajar en una porqueriza y, con hambre, desear alimentarse de la comida de los cerdos. Arrepentido, vuelve a la casa de su padre, quien lo recibe con amor y le ofrece una fiesta: “su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas” (San Lucas 15:25)
La música, desde tiempos inmemoriales ha estado presente en la vida del ser humano: en toda celebración, en los ritos religiosos, en matrimonios, cumpleaños y exequias. No hay actividad humana en que la música no nos acompañe. Hoy en día la tecnología nos permite llevarla en nuestros oídos a cualquier lugar.
El padre del hijo pródigo quiso celebrar el regreso de su hijo y, además de vestirlo con traje nuevo y regalarle un bello anillo, llamó a todos los que estaban en casa para celebrar, comer una exquisita cena, cantar y bailar al son de la música. Este arte es capaz de reflejar con sonidos, ritmos y melodías, todo tipo de sentimientos. En este caso, expresaba la alegría del papá a quien le es devuelta una vida tan querida y la alegría del hijo que se siente perdonado y aceptado por su padre. Al hermano mayor no le agradó la decisión del padre y estuvo en desacuerdo con el alegre recibimiento. Permaneció fuera de la casa, lejos de la música y las danzas.
Esta bella historia de perdón, con música de fondo, nos muestra con claridad como nuestro Padre celestial se alegra con el regreso a casa de alguno de sus hijos, sin importar la gravedad de sus pecados. El Cielo y la Iglesia siempre celebrarán con música y danzas la conversión de las almas. Tal vez el hijo que jamás ha sido desleal con Dios, se moleste por esas expresiones y prefiera el silencio y la reprensión, mas el Padre le dice: “Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.” (San Lucas 15:32)